La lluvia golpea suavemente la única ventana del telo cuya noche no salió cara para el bolsillo pauperrimo de Gaetano, él acostumbrado a sitios insalubres y poco acogedores no se hace mala sangre. No puede uno vagabundear como bohemio sin el precio de pasar frio. «Y mierda que hace frio», pensó. Entonces conectó la estufa que da más luz que calor y las dos varillas encendieron con cálida luz. Gracias a lo angosto del cuarto el calor abrazó el ambiente facilmente, se le antojaba a Gaetano que este sitio anteriormente tal vez haya sido un deposito para viejas escobas y articulos de limpieza. Pensó en su amante, le debia una noche juntos y el viaje a su natal Azul, «pero Martin seguro que no viene hoy con toda esta lluvia», supo él. Le tocó pasar la noche en Rauch acompañado por la soledad y su fiel amiga, vieja guitarra heredara de generación en generación. Para los colmos, ¡paf!, se cortó la luz en el telo insalubre y en la habitación vecina se escuchó «¡pero la puta madre!», el evangelico que venía escuchando de temprano su radio de música del evangelio se notó frustado, se ve que Dios perdona los insultos, «¡siempre la misma historia en este pueblo del carajo!».
La fría luz del afuera se cólo de a poco en la habitación y el frío empezó a adentrarse en el cuarto nuevamente, y ahora sin señal, ni wifi, ni un ruido que escuchar además del golpeteo de las gotas en la ventana, el tintineo de las macetas rebalsandose en el afuera; chorreantes chapas que forman un microrío en el techo. Gaetano abrió la funda de tela y dejó ver la guitarra de barniz caoba, probó su tono y el color vibró en el cuarto, desafinado. Ajustó las cuerdas y tiró unos arpegios al aire para retomar su canción que con melodica voz empezó «Primavera feroz… dibujarte en papel», y a medida que la lluvia se incrementaba él la desafió alzando cada vez más la voz, hasta que reboten las paredes, que los vecinos habrán escuchado agustos o con desdén. Hasta que llegó el primer impacto contra su ventana, que se manchó de carmesí por un instante, invadiendo la habitación, que la fuerza de la tormenta limpió.
«¡Qué carajo fue eso!», se preguntó y se asomó rápidamente, que no mostró nada más que mares cubriendo su vista. Y quedó un rato más esperando, esperando atentamente. Mientras más golpes chocaron contra el edificio, pequeños cuerpos estrolandose contra este; estruendos en el cielo, y los gritos de vecinos a su alrededor, «¡Dios, mi Dios, ¡te amo!, ¡te espere tanto tiempo!», vociferó el evangelico. Y otra vez impactó en la ventana, esparciendo viseras y sangre, frente a los ojos de Gaetano, que asustado se le aflojaron las rodillas y cayó cerca de la mesa de luz, tirando el mate de aluminio al suelo, volcando yerba y bombilla. «Yo me debo tomar el palo de este pueblo de mierda», pensó. Tambien quisó pensar que las aves perdieron la orientación y empezaron a golpearse contra los edificios, pero no habia plumas en esos coagulos de sangre.
Palido y temblando se sentó un momento en la cama, pensando que tal vez exista un telefono que tenga señal, pero era improbable que lo haya. Él está a salvo en el edificio tambien pensó, pero temía pasar otra noche aquí, revisó la campera de cuero marron y de un bolsillo sacó un porro con un encendedor y se lo prendió para calmarse, aspiro con fuerza el humo, «debió de ser una paloma, sí, debió de ser un ave», se quiso convencer. Y el evangelico vociferó otra vez, «¡Dios, mi Dios, llevame contigo, te he sido fiel y pido perdón si no lo fui!», lo que enturbió más la calma ficticia de Gaetano, así que en sus nervios gritó, «¡Callese la boca por Dios!», y otra amalgama de sangre se presentó en su ventana. «Perdón perdón, ¡perdón!», dijo y guardo la guitarra, se puso la campera y se fue al pasillo del edificio, allí se sentó en el piso abrazando su guitarra, escondiendo su cara en el mastil, tratando de mantener la calma.
De la habitación vecina salió el evangelico, vestido con un traje celeste, chaleco blanco y corbata beige, era de estatura media, pero con la cara robusta, mandibula marcada y rubio. Con sus ojos azulisimos lo vió tirado en el suelo y se le acercó para decirle, «lo veo asustado, mijo, pero no hay nada que temer», dijo con voz calma, «acompañeme, tome mi mano y lo llevare a conocer la verdad, ¿cree usted en Dios?», Gaetano temeroso tomó su consuelo y con su mano lo ayudo a levantarse del suelo. Y él no sabia que responder, toda su vida vivió bajo un techo cristiano que pulverizó su libertad sexual hasta que de grande se vió libre de la tortura divina, sin embargo, respondió «Sí, sí mi familia me inculcó la religión» y siguió al evangelico hacia las escaleras que le dijo para reconfortarlo, «entonces no tiene nada que temer, mijo». Bajaron las escaleras, Gaetano con el corazón en la boca no sabía que hacer, pero sentía que la compañía le ayudaría a calmarse, mientras que los golpes seguian y seguian con más fuerza en cada choque. Parecian infinitas las escaleras del segundo piso hacia el recibidor. No habia nadie allí, el que atendia dejó su campera tirada en la mesa de entrada y dejó la puerta abierta, dejando entrar el agua teñida de rosado hacia el tapete de bienvenida. Que al verlo le hizo volver a temblar las piernas a cada paso que se acercaba como hipnotizado, mezclando el miedo con la curiosidad morbosa de averiguar qué es lo que estaba cayendo del cielo.
El evangelico con mucha calma le soltó su mano al acercarse a la puerta y Gaetano lo vió, sosteniendose de la mesa de entrada con la guitarra en la otra mano, cada paso del hombre hacia la tormenta de nubes arremolnadas, como si el ojo de la tormenta sea todo este pueblo olvidado. Se empezó a mojar el traje celeste de una lluvia sanguinolenta, marcando el paso de las venas de la tormenta en su cuerpo, alzó sus brazos mientras que caminaba hacia la calle y parandose en el medio de este síntoma del fin de la tierra, pronunció sus palabras, «Aquí estoy Eloi, aquí estoy, llevame contigo». Entonces Gaetano supo la verdad, supo que era lo que caía del cielo… bebés, bebés nacian del cielo para romperse en viseras contra el suelo, contra las ventanas, contra la cabeza del evangelico, dandole muerte al instante y manchando con viseras y sesos el suelo rojo de Rauch. Entonces Gaetano se desvaneció, y al día siguiente se despertaria ante una Rauch limpia de sangre, siendo él el único testigo de lo que pasó en Rauch, Martin lo esperaba en su coche y de camino a Azul se percató de un detalle, el cuerpo del evangelico tampoco estaba allí.